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En defensa de Benedicto XVI

El País. 25.01.10


Benedicto_XVI
Habría que dejarse de tanta mala fe, de tantos prejuicios y, para no callarme nada, de tanta desinformación cuando se habla de Benedicto XVI. Nada más resultar elegido, el Papa ya fue objeto de un verdadero proceso mediático en el que se le tachaba machaconamente de "ultraconservador" (como si un Papa pudiera ser otra cosa que "conservador").
Luego vinieron las insistentes alusiones, cuando no las bromas pesadas, al "Papa alemán" y al
"posnazi" con sotana, al que, ni cortos ni perezosos, los guiñoles de la tele apodaban Adolf II (y eso porque, como todos los niños y adolescentes de su edad, fue enrolado en las juventudes del régimen).
Más tarde le llegó el turno a la manipulación de los textos pura y dura. Por ejemplo, a propósito de su viaje a Auschwitz en 2006, hubo quien pretendió, y a medida que pasa el tiempo y los recuerdos se vuelven más vagos hay quien sigue pretendiendo -y repitiendo igual de machaconamente-, que el Papa se habría referido a los seis millones de muertos polacos como a víctimas de una simple "banda de criminales", sin precisar que la mitad de ellos eran judíos (en este caso, el infundio es apabullante, pues, en realidad, aquel día, Benedicto XVI habló de los "jerarcas del III Reich" que intentaron "aplastar" al "pueblo judío" y borrarlo de la faz de la Tierra -Le Monde del 30 de mayo de 2006-).
Y ahora,
tras una visita a la sinagoga de Roma -a la que precedieron otras dos a las de Colonia y Nueva York-, la guinda la ha puesto el mismo coro de desinformadores, que esta vez ni siquiera ha esperado a que el Pontífice cruzara el Tíber para anunciar, urbi et orbi, que ni ha encontrado las palabras apropiadas, ni ha hecho los gestos adecuados, y, por tanto, ha fracasado...
Así que, como el acontecimiento es muy reciente, me voy a permitir poner algunos puntos sobre algunas íes.
Al recogerse ante la corona de rosas rojas depositada frente a la placa conmemorativa del martirio de los 1.021 judíos romanos deportados, Benedicto XVI no hizo sino cumplir con su deber, pero lo cumplió.
Al rendir homenaje a los "rostros" de los "hombres, mujeres y niños" arrestados en el marco del proyecto de "
exterminio del pueblo de la Alianza de Moisés", Benedicto XVI dijo algo evidente, pero lo dijo.
Hay que dejar de repetir como loros que -cuando reproduce palabra por palabra los términos de la oración que Juan Pablo II pronunciara 10 años atrás en el Muro de las Lamentaciones, cuando pide "perdón" al pueblo judío pogromizado por el furor de un antisemitismo que durante mucho tiempo fue de origen católico, y lo pide, insisto, leyendo el propio texto de Juan Pablo II-
Benedicto XVI hace menos que su predecesor.
Cuando declara, tras una segunda estación ante la inscripción conmemorativa del atentado cometido en 1982, en Roma, por unos extremistas palestinos, que
el diálogo judeo-católico entablado por el Vaticano II es ya "irrevocable"; cuando anuncia que pretende "profundizar" y "desarrollar" el "debate entre iguales" que representa el debate con esos "hermanos mayores" que son los judíos, a Benedicto XVI se le puede acusar de todo lo que se quiera, pero no de "congelar" el proceso abierto por Juan XXIII.
Y luego, en cuanto al asunto de
Pío XII... Si es necesario, me detendré en el caso de Pío XII, que es enormemente complejo.
Me detendré en el caso de Rolf Hochhuth, autor de la famosa obra El vicario, que abrió, en 1963, la polémica sobre los "
silencios de Pío XII".
Me detendré, en particular, en el hecho de que este ardiente justiciero es también un conocido
negacionista, condenado varias veces como tal, y cuya última provocación consistió en una entrevista, publicada hace cinco años en el semanario de extrema derecha Junge Freiheit, en la que defendía a David Irving, que niega la existencia de las cámaras de gas.
Por ahora, sólo quiero recordar, como acaba de hacer de nuevo Laurent Dispot en la revista que dirijo -La Règle du Jeu-, que, en 1937, el terrible Pío XII, que todavía era el cardenal Pacelli, fue coautor de
la encíclica Con viva preocupación, que sigue siendo, aún hoy, uno de los manifiestos antinazis más firmes y elocuentes.
Por ahora, para restablecer la exactitud histórica hay que precisar que antes de optar por la acción clandestina, antes de abrir, sin decirlo, sus conventos a los judíos romanos perseguidos por los sicarios fascistas, el silencioso Pío XII pronunció unos discursos radiofónicos (por ejemplo, los de las navidades de 1941 y 1942) que después de su muerte le valdrían el homenaje de Golda Meir, que sabía lo que significa hablar y no dudó en declarar:
"Durante los diez años del terror nazi, mientras nuestro pueblo sufría un martirio espantoso, el Papa alzó su voz para condenar a los verdugos".
Y, por ahora, lo asombroso es que todo el peso, o casi, del ensordecedor silencio que se hizo en el mundo entero alrededor de la Shoah recaiga sobre uno de los soberanos de aquel tiempo que: a) no tenía ni cañones ni aviones a su disposición; b) según la mayoría de los historiadores, no escatimó esfuerzos para compartir con aquellos que los tenían la información de la que disponía; c) salvó -sí, él-, tanto en Roma como en otros lugares, a un gran número de aquellos de los que se sentía responsable moralmente.
Último apunte en el Gran libro de la bajeza contemporánea:
ya se trate de Pío o de Benedicto, se puede ser Papa y chivo expiatorio.
Bernard-Henri Levy, filósofo francés, en El País







Día de difuntos. Una reflexión sobre la muerte

Xabier Pikaza

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El día de los Fieles Difuntos abre un abanico de reflexiones sobre el sentido de la vida, sobre el misterio de la muerte. Es un día de meditación y de alabanza, por la “bendita muerte” que nos sitúa como humanos ante Dios y nos permite vivir de un modo intenso, en gratuidad y solidaridad. He querido poner de relieve el sentido de la muerte, desde la perspectiva de Israel (Antiguo Testamento) y desde el testimonio de Jesús, para ofrecer así una palabra de esperanza a mis lectores. Gracias a todos, que han orado por mí, en el tiempo de la enfermedad. A ellos confío mi reflexión sobre la muerte tomada del Diccionario de las Tres Religiones.
1. Israel
En un primer momento, la muerte aparece en Israel como expresión de la realidad cósmica del hombre: morimos como mueren los vivientes, vegetales y animales. Pe¬ro la nueva experiencia de Yahvé como "Dios de vivos", sin pareja sexual (no hay Dios de muertos, ni dualidad divina) y la misma visión de la historia como proceso creador, hacen que Israel haya entendido la vida-muerte desde la apertura hacia un futuro mesiánico.
Esa experiencia israelita ha entrado en contacto con las religiones de la interioridad a través del espiritualismo griego, de manera que en un momento dado, pudo parecer que los judíos reinterpretarían su antropología en moldes de dualismo, partiendo de la división de alma y cuerpo. Pero, en general, Israel se mantuvo fiel a su experiencia histórica, interpretando al hombre como viviente unitario, que despliega su vida en diálogo con Dios y con los otros; a su juicio, el hombre no es divino en sentido espiritualista: no es alma que se debe liberar de la materia para hallar su hondura eterna, sino un viviente de este mundo, que muere como los restantes animales.
Más tarde, los israelitas han descubierto que el hombre vive en alianza con Dios, de manera que sólo en el encuentro original y final con el Creador alcanza su verdad y sentido. De esa manera, han podido hablar de una vida que puede trascender el límite de la muerte. En ese contexto se define la singularidad israelita
(a). Las religiones de la naturaleza no dan importancia a la muerte, pues la ven como un momento del proceso cósmico, en el que todo nace y muere; por eso, los individuos como tales son una realidad pasajera; los pobres y excluidos constituyen sólo un elemento del sistema en el que unos nacen altos y otros bajos, unos sanos y otros enfermos, para belleza del conjunto.
(b). Las religiones de la interioridad tampoco conocen en sentido estricto la tragedia de la muerte, pues ella pertenece sólo al cuerpo, el alma no muere; las mismas divisiones sociales son en este mundo secundarias, pues lo que importa es el alma y ella puede ser, y es, igualmente divina en todos los hombres. Desigualdades sociales y muerte no son más que apariencia exterior de un sistema donde solo importan las almas.
(c) En contra de eso, los judíos han dado una importancia especial a la muerte, pues la han visto como posible ruptura del diálogo con Dios, llegando a interpretarla a veces como un “castigo”: los hombres deberían superar la muerte y culminar la vida en Dios, pero por su propio pecado han caído en manos de ella y la han visto de un modo personal y social, como efecto de injusticia.
La Biblia sabe que la muerte se encuentra relacionada con el pecado y, de un modo especial, con la opresión e injusticia de este mundo La muerte de los justos y pobres (perseguidos, expulsados) abre el gran interrogante: ¿Dónde se halla Dios, cómo responde a estos males? En ese contexto ha surgido la experiencia y esperanza de la resurrección, que en un primer momento se aplica a todo el pueblo, después a algunos (en Israel) y finalmente a todos los humanos, en un proceso y camino que viene de Ez 34 a Sab 1-2, pasando por Dan 12 y el 2º Mac 6-7. Los perseguidos de la historia, los que mueren expulsados y oprimidos, claman a Dios y esperan su respuesta. Aquí se plantea el tema de la resurrección.
2. La muerte de Jesús.
Los cristianos no tienen una revelación especial sobre la muerte. Ellos saben, como los judíos, que el hombres es mortal, pero que puede abrirse, por misericordia de Dios, a una vida que está por encima de la muerte.
El hombre no es simple tierra, animada por un tiempo, que vuelve al polvo inicial, para reiniciar el ciclo eterno del destino cósmico; tampoco es pura y simple alma espiritual que se libera de la tierra, para volver de esa forma a lo divino, sino persona que se hace a sí misma, asumiendo la suerte de su pueblo (y de la humanidad) en camino de esperanza.
En ese contexto, Jesús ha entregado su vida hasta la muerte, a favor del Reino, cumpliendo así la voluntad de Dios: por eso, en el momento de su muerte, él ha protestado: “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?" (Mc 15, 34; cita de Sal 22). Jesús no había formulado una teoría sobre la muerte, ni había dicho que la muerte no existe, sino que había anunciado un Reino de Dios que está por encima de la misma muerte. Pues bien, él ha anunciado el Reino de Dios, que es vida, pero le han matado. El cristianismo posterior nace de dos fuentes.
(a) Del mensaje y movimiento de Jesús a favor del Reino de Dios. (b) De la experiencia de la muerte de Jesús. Todo el Nuevo Testamento es un pensamiento sobre la Muerte, el descubrimiento del sentido de la muerte de Jesús.
a. Ha sido una muerte natural. Jesús ha muerto en primer lugar porque es humano. No es superman, como un fantasma divino que camina sobre el mundo, sin poder morir, sino un hombre concreto, nacido de mujer, sometido a la ley de la vida y de la muerte de la tierra (cf. Gen 4, 4). Murió por ser mortal, de tal manera que si no le hubieran ajusticiado con violencia hubiera expirado por enfermedad o vejez, como suponen algunas tradiciones tardías de origen musulmán, recogidas por narraciones e historias que le hacen marchar a Cachemira, después de haber logrado que sus amigos-sabios le bajaran de la cruz y curaran sus heridas. Sea como fuere, Jesús habría muerto.
b. Muerte bendita, a favor de los demás. Jesús no ha muerto sólo porque era mortal (por naturaleza), sino por amor: porque ha entregado su vida al servicio de los marginados, enfermos y oprimidos, anunciándoles el Reino que es salud y vida universal. Por anunciar y ofrecer vida a los amenazados por la muerte violenta le han matado. Por eso decimos que murió por nuestros pecados, es decir, por el pecado de violencia de aquellos que le mataron. Murió por gracia, en defensa de su proyecto de Reino, a favor de los pobres y expulsados.
c. Murió cumpliendo la voluntad de Dios. Ante el gesto provocador de Jesús, al servicio de los pobres, en contra del templo sagrado de Jerusalén, muchos pensaban que Dios es garante y defensor del orden establecido. Por eso, ellos interpretan el gesto de Jesús como blasfemia contra Dios. Lógicamente, en nombre del Dios de su Ciudad y su Templo (que es Dios del sistema), tuvieron que matarle, apelando para ello a las razones de la Biblia, que manda aniquilar a los herejes (cf. Dt 13). Aquellos que le mataron optaban por el Dios de sus instituciones. Jesús optó por el Dios del Reino, y llamando a ese Dios entregó la vida. Los cristianos piensan que la verdad de Dios, su identidad más profunda, se expresa en esa muerte de Jesús y no en un tipo de verdad general o de teoría filosófico/religiosa.
3. El Dios de la muerte de Jesús.
Los cristianos interpretan la muerte de Jesús como el momento fundamental de la revelación de Dios, de manera que el signo de la cruz les distingue de judíos y musulmanes (sin necesidad de que ese signo se convierta en oposición o enfrentamiento, sino todo lo contrario). La Cruz (muerte) de Jesús puede y debe ser su signo distintivo, pero no para oponerles a los judíos (¡diciendo que ellos, como tales, mataron a Jesús, cosa que es mentira!), ni para oponerles a los musulmanes (¡acusándoles de querer el triunfo externo más que la entrega de la vida!), sino para dialogar mejor con ellos. Los judíos han sabido y saben de muertes, de manera que la Cruz de Jesús puede y debe integrarse en el misterio de los millones de judíos martirizados. También el Islam sabe de cruces y opresiones. Pues bien, en ese fondo, para iluminar un camino compartido, podemos ofrecer la experiencia cristiana de la Cruz, como espacio de encuentro religioso.
a. Dios, debilidad fuerte de amor. No es poder indiferente, que actúa desde arriba, sino debilidad poderosa, amor que se encarna en la historia. Así sufre Jesús la muerte, penetrando en el dolor y fracaso de la humanidad. El prólogo de Job (no sus poemas dolorosos) suponía que Dios se encuentra arriba, como un monarca fuerte, rodeado de su corte; por el contrario, el hombre sufriente se hallaba abandonado, fuera de la ciudad, acusado por sus sabios. Pues bien, ahora sabemos, por Jesús y con Jesús, que Dios sufre en los que sufren (cf. Mt 25, 31-46), penetrando en el dolor y fracaso de la historia. Por eso, la muerte no es sólo expresión del ser natural del hombre, signo de finitud o pecado, sino revelación de un Dios que se expresa y actúa, de manera fuerte, por la entrega gratuita y comprometida de la vida.
b. Dios es donación de amor y así regala por Jesús la vida a los que mueren, sin discutir, en principio, si son buenos o malos, si se dan en amor a los demás o si les niegan. De esa forma, más allá de la debilidad humana y la violencia del ambiente, Dios se revela como “don de sí”, por medio de Jesús, que se ha entregado por el Reino. A través de su la muerte, toda la vida de Jesús viene a expresarse como regalo de amor. No retiene nada para sí, sino que todo lo ofrece y se ofrece a los demás, a fin de que ellos sean. Es don originario, vida regalo, en dolor-amor, por los demás. Desde ese fondo, podemos añadir que dios es Amor que no tiene ni puede ya nada, porque todo lo ha dado (y se lo quitan) en Cristo.
(c) Dios es acogimiento de amor. No libera a Jesús “de” la muerte, sino “en y por” la muerte. No le baja de la cruz, como han pensado millones de musulmanes (que no pueden aceptar a un Dios que permite que su justo Siervo muera fracasado), sino que hace algo mucho más grande: ama a Jesús de un modo infinito, en la misma Cruz doliente. Por eso, no le libera de la muerte, como a Job, devolviéndole a un tipo de vida particular de triunfador (¿y justo?) sobre el mundo (cf. Job 42), sino que le acoge amoroso en la muerte, recibiéndole así en la plenitud de su vida, a favor de los demás. 4. Reflexión sobre la muerte.
Sólo el hombre nace, sólo el hombre muere Las restantes plantas y animales ni nacen ni mueren, sino que forman parte de un continuo biológico, sin identidad personal. Así lo habían destacado sobre todo los judíos: mirando cara a cara a la muerte, han aprendido y han sabido que ella nos reduce a la suma soledad, abriéndonos, al mismo tiempo, a la vida de los otros. Si no muriéramos no dejaríamos sitio en el mundo para los que vienen. Si no muriéramos haríamos imposible la vida de nuestros sucesores. Tenemos que morir para que otros vivan, abriendo con nuestra vida y muerte un camino para otros hombres y mujeres.
a. Miedo a morir gozo de morir. La muerte nos da miedo, el miedo supremo, pero sólo por la muerte podemos gozar de verdad y dar la vida a los demás. «Por la muerte, por el miedo a la muerte empieza el conocimiento del Todo... Todo lo mortal vive en la angustia de la muerte; cada nuevo nacimiento aumenta en una las razones de la angustia, porque aumenta lo mortal». Así comenzaba F. ROSENZWEIG su libro inquietante, de antropología judía (La Estrella de la Redención, Sígueme, Salamanca 1997 43-44). En un sentido, ese saber sobre la muerte es maldición, como ha visto el relato del “pecado ejemplar” de Adán/Eva, en Gen 2-3: “el día en que comas morirás…”. Pero, en otro sentido, este morir (saber que se muere) puede y debe convertirse en bendición, en el momento culminante del sí a la vida, a la vida de Dios, a la vida de los otros.
Sólo los hombres pueden morir por los demás; sólo los hombres pueden dar de verdad su vida, abrir su cuerpo, para que otros vivan de su mismo cuerpo (como Jesús).Sólo porque sabemos que vamos a morir podemos vivir, arriesgarnos y amar de verdad a los otros. Un hombre de este mundo, condenado a no morir, sería el mayor de los monstruos, un ser angustioso y angustiante.
b. Aceptar la muerte. Una vida para siempre en este mundo sería terrible. Sólo por la muerte (cuando damos la vida a los otros, como Jesús en la cruz) puede haber resurrección (ascensión al cielo). Así lo han descubierto los cristianos en la Pascua de Jesús, sabiendo que Jesús ha muerto porque vivía, ha muerto para vivir (para que llegue el Reino), ha muerto para que otros vivan. Así lo visto la iglesia, descubriendo que todos los creyentes (¡todos los pobres!) mueren y resucitan y suben al cielo con Jesús, a un cielo de carne, de cuerpo y alma. Los hombres mueren ese el destino; mueren y no son felices… pero todavía serían más infelices si estuvieran condenados a no morir. Los hombres mueren, pero pueden descubrir en la muerte la mano de Dios y ofrecer su mano de amor a todos, como ha hecho Jesús, como ha hecho María.
c. Morir como cristianos significa dar la vida, allí donde la vida se nos va (o nos la quitan). En ese contexto se sitúa la respuesta de la fe, cuando afirma que el sentido de la vida está en vivir para los demás… y que de esa forma la misma muerte, sin perder su bravura y dureza y enigma (¡Dios mío, Dios míos! ¿por qué me has abandonado?), se convierte en signo de solidaridad, en vida que se abre más allá de la muerte, al misterio de Dios (como ha visto de un modo impresionante el evangelio de Juan, al descubrir que del costado muerto de Jesús brota la vida, de manera que la misma muerte es ya resurrección).
Pues bien, la Iglesia sabe que todos morimos como Jesús. Morimos solos, pero morimos, al mismo tiempo, para todos y con todos, en Dios, de manera que nuestra vida (nuestra carne) pueda hacerse vida y carne (cuerpo) para los demás, abriéndose de esa forma a la Vida Eterna de Dios, que nos acoge en su misterio.
Ésta es la fe que los judíos siguen poniendo en manos del Dios en quien esperan, ésta es la fe que los cristianos descubrimos y proclamamos en la resurrección de Jesús quien, al morir por los demás, ha desvelado y realizado por su pascua el gran don de la vida de Dios: se ha hecho “cuerpo mesiánico” de resurrección universal.
Por eso, el Día de los Fieles Difuntos es el día de la solidaridad en el amor y en la vida, el Día en que celebramos el triunfo de la Vida de Dios en nuestra pequeña vida humana, el día de un amor abierto a la esperanza, a través de la solidaridad con todos los que mueren atropellados por la prepotencia y violencia de los otros.
Los Difuntos, y de un modo especial las víctimas, son signo y presencia de la vida y justicia de Dios, esperanza de reconciliación.








Ciudadanía y cristianía

Olegario González de Cardedal

Entre los cambios recientes de España está la relación entre cristianismo y sociedad. La aconfesionalidad del Estado, la ley de libertad religiosa y la aparición de otros grupos culturales o religiosos no cristianos invitan a repensar esa relación en los aspectos teóricos y en las realizaciones prácticas. Ante torbellinos de ambigüedades y complicidades es esencial definir y diferenciar sociedad, Estado, gobierno. Lo primero son los ciudadanos que expresan de formas diversas su voluntad y la primera responsabilidad de un gobierno es el reconocimiento de esa voluntad de los ciudadanos.
Una tarea primordial es la de clarificar la relación entre ser ciudadano y ser religioso; entre ciudadanía y cristianía. Digo cristianía para designar el ser cristiano en conciencia y libertad, la personalización de la fe por cada creyente además del hecho histórico o dogmático del cristianismo; y del hecho comunitario de la cristiandad o iglesia. No hay un modelo de ciudadanía que el Estado o el gobierno tengan el derecho de imponer y a partir del cual juzgar y valorar a los miembros de la sociedad. Esa fue siempre la pretensión del absolutismo. Esto significa que la primera categoría de la que hay que partir es la de libertad de los ciudadanos, que configuran su vida personal, su ciudadanía y su participación política desde las propias convicciones. No se les puede imponer ni privilegiar un modelo de ciudadanía sino que cada uno debe decidir la suya. Ese es el sentido del «atrévete a saber» de la Ilustración.
En el punto de partida de la comprensión de la ciudadanía no puede estar ninguna categoría política, ideológica o religiosa sino sencillamente la libertad del ciudadano. La categoría primera es la libertad positiva no la laicidad negativa. En algunos medios hispánicos se parte hoy del hecho de que la dimensión religiosa de la existencia es algo adveniente y secundario respecto de la vida humana verdadera, que habría que justificar, ya que lo único natural sería la increencia. Esta tendría la primacía, y ante ella tendría que defenderse y legitimarse el creyente. Tal actitud es una negación de la libertad democrática. Un Estado realmente aconfesional no puede otorgar primacía a la comprensión atea o agnóstica, obligando a la comprensión religiosa a medirse y traducirse en los términos de aquella. Tal falta de simetría entre el creyente y el no creyente es una violencia, que ningún Gobierno democrático puede ejercer.
Creer o no creer son dos implantaciones radicales y primarias en la existencia. Ninguna de las dos tiene primacía o plusvalía civil. Cuando una de ellas se erige en juez que dicta a la otra sus deberes, está ejerciendo violencia social o institucional. Las propuestas cristianas son a veces rechazadas hoy con la afirmación de que son religiosas y de que en una sociedad aconfesional lo religioso no cuenta. Tal afirmación implica tres presupuestos falsos, con los cuales se está intimidando a los cristianos. El primero consiste en considerar a la religión como resto arcaico, fase superada de la historia humana o, lo que es peor, una neurosis infantil, un platonismo para el pueblo ignorante, una alienación de la vida humana. Aquí tenemos alquitarada la crítica moderna de la religión desde Feuerbach, Marx y Nietzsche hasta Freud, servida en platos ligeros por los Onfray hispánicos de turno. Ahora bien, la religión no es una fase de la historia sino una estructura de la conciencia, generada por una razón ejercida en libertad y, a su vez, generadora de libertad y de conciencia crítica. Vivida en autenticidad crea ciudadanos responsables y solidarios, creadores de realidades históricas y no solo de esperanza escatológica.
El segundo presupuesto es que en una sociedad democrática la religión es un asunto exclusivamente privado, sin relevancia pública. Esto no es verdad. La religión, como todo lo personal, es vivida por ciudadanos en el ejercicio de su libertad, en privado y en público, en el orden social y en el político, que ni imponen ni se dejan imponer. Reclamar que rayen de su conciencia y expresión pública su condición de cristianos a la hora de pensar, votar y decidir políticamente, es la expresión más incisiva de una negación de derechos humanos fundamentales.
El tercer presupuesto es que la religión es fundamentalismo, y que en la historia ha sido la fuente de males, negación de libertad y causa de muerte. Frente a la fe, la razón ilustrada aparece como la gran inocente y liberadora. La primera sería signo de Inquisición, la segunda de Liberación. ¿Por qué no nos preguntamos por los 150 millones de muertos en las guerras de Europa desde 1914 hasta la de los Balcanes? ¿Las ha inspirado la religión o una razón moderna, que se absolutiza a sí misma, negando todo límite al poder del hombre? G. Steiner ha preguntado cómo responde la Ilustración a esos millones, caídos dice él, «A la sombra de las luces». La razón moderna tiene también que hacer memoria de sus víctimas, confesar sus culpas, dejando de exculparse a sí misma y de inculpar a los demás. No es buen camino hacia la paz buscar siempre un culpable, convirtiendo al otro en verdugo para hacernos nosotros las víctimas. Benedicto XVI ha hecho lema de su ministerio instaurar públicamente alianza entre Ilustración y Evangelio y sería bello que también quienes se saben hijos sólo de la Ilustración dejaran de esperar el fin de la religión. Kant afirmaba: «Una religión que sin escrúpulos declara la guerra a la razón a la larga no se sostendrá contra ella». La inversa vale igualmente: «Una razón que sin escrúpulos declara la guerra a la religión a la larga no se sostendrá contra ella».
También ante los problemas prácticos en España hay que diferenciar tres niveles. El primero es Iglesia-sociedad, a pie de tierra, en ciudades, pueblos e instituciones de España. En este sentido la relación es buena, cordial, cooperadora, más allá de los partidos porque en ese nivel lo importante son las personas y no las ideologías. El segundo nivel es la relación Estado español-Vaticano. Aquí tampoco hay problema real. Rigen unos Acuerdos entre ambos, que pueden ser denunciados por el Gobierno. La Iglesia conoce múltiples formas de relación con los Estados y nada más lejos de ella que empeñarse en mantener una en España. Diga por tanto el Gobierno si quiere denunciarlos, y no vaya a buscar en Roma soluciones a problemas que son de aquí, porque sería pedir cotufas en el golfo. El tercer nivel es Gobierno del PSOE y la Jerarquía católica en España. Aquí hay reales problemas, ya que propuestas concretas de aquel chocan con convicciones constituyentes de los ciudadanos católicos, tal como se definen en los textos normativos por los órganos de autoridad, y no en las particulares expresiones de algunos cristianos. Se trata de ciudadanos con todos sus derechos, que como los demás se expresan libremente. No es verdad que haya un choque permanente entre iglesia y sociedad. Esto es falso y repetirlo es una ofensa para ambas.
La clarificación y eliminación de ambigüedades en las palabras es la primera obligación al tratar temas como ciudadanía, laicidad, autonomía, eutanasia, aborto (que es algo mucho más grave que la interrupción del embarazo). Superar la perversión del lenguaje, redimiendo las palabras, es nuestro primer deber, si queremos existir en la verdad, realizar la libertad y conjugar en concordia ciudadanía y cristianía.





Dios a la vista

... Mortal es ya el hecho histórico de que creyentes e increyentes se lancen la palabra «Dios» a la cara cuando tenía que ser pronunciada por los creyentes con veneración y asombro, mientras que los no creyentes deberían respetarla por ser sagrada a sus semejantes...

Olegario González de Cardedal

ESTE título no está tomado de esos anuncios que ahora ruedan en autobuses por las ciudades. Le pertenece a Ortega y Gasset, quien en un artículo de 1926 bajo ese marbete escribía lo siguiente: «Hay épocas de odium Dei, de gran fuga lejos de lo divino, en que esta enorme montaña de Dios llega casi a desaparecer del horizonte. Pero al cabo vienen sazones en que súbitamente, con la gracia intacta de una costa virgen, emerge a sotavento el acantilado de la divinidad. La hora es de este linaje, y procede gritar desde la cofa: ¡Dios a la vista!».
¿Qué ha ocurrido en la conciencia europea para que tras años de silencio social sobre Dios, ahora aparezca esa extraña proclamación, que expresada como rechazo no se atreve a la negación absoluta y deja su existencia en probabilidad? Esa palabra primordial «Dios» todos la proclamamos en consentimiento o en rechazo. Ella nos precede y nos comprendemos a nosotros mismos como finitos a la luz del Infinito, como mortales a la luz del Inmortal, como creados a la luz del Creador. ¿Qué es más sensato: acogerse como frutos de un amor preveniente o como arrojados por un destino ciego? ¿Es posible que nuestra razón y corazón procedan de algo sin-razón y sin-corazón?
De Dios ni podemos callar ni sabemos hablar. Sólo podemos hablar de Él haciéndonos eco y siendo altavoces de su propia palabra acogida pecho a tierra, como revelación de su amor y en respuesta de nuestro amor. Quien se la apropia o la blande como arma frente al prójimo, está profanando a Dios y ofendiendo a su prójimo. ¿Quién se atrevería a decir que conoce a Dios, que lo puede retener por propia mano, o ponerlo a su servicio? Él es una presencia real pero elusiva, personal pero sustraída. No es posesión de nadie y es soberana sobre todos. Sólo descalzos y de rodillas, los oídos abiertos y los ojos cerrados, en acogimiento de uno mismo y en recogimiento de la dispersión exterior, podemos percibirle. No en el terremoto, ni en el viento, ni en el fuego exterior sino en la brisa tenue está Él. Así se dio a sentir a Elías camino del Horeb y a Moisés desde el Sinaí en la hendidura de la peña, viéndole por la espalda mientras se alejaba. Pero ese silbo amoroso, que ha rozado nuestras pupilas interiores ya nunca podremos olvidarlo, aun cuando azoten los vientos del Norte.
De Dios sólo se puede hablar con amor y temblor desde dentro de la verdad de la existencia, desde el estremecimiento de quien se sabe lejos de la propia dignidad humana y más lejos todavía lejos de la santidad divina. Sólo se puede hablar de Él con una razón que nace de la vida y del servicio incondicional al prójimo. A ese Dios podemos reconocerle en las huellas que han dejado en nuestro mundo sus testigos cualificados: profetas, místicos, poetas altavoces suyos en la cotidianidad, servidores de pobres y enfermos, santas voces de una eternidad que es inherente a nuestra finitud, de un Misterio, que es ya presencia a nuestra soledad, y al que podemos abrirnos porque previamente Él se ha abierto a nosotros. Aceptación de nuestra individualidad y adentramiento en nuestra soledad son condiciones para conocer a Dios. Sólo quien se conoce a sí mismo puede reconocer a Dios y sólo quien ama a su prójimo puede columbrar a Dios.
No se puede hacer comercio, propaganda o ideología con este santo nombre. Sólo podemos manuducir el prójimo hasta Dios con la verdad de la existencia, la dignidad de la justicia y la fortaleza de la esperanza. Tenemos que darle palabra y razón de Él pero no demostrar y nunca imponer. Estando en la verdad ante Él y desde Él enhiestos y libres para todo a la vez que solidarios de todo y servidores de todos, gozosos y esperanzados, los creyentes serán verdaderos y hablarán bien de Dios. Preocupados por todo lo bello, noble y justo, a la vez que serenamente despreocupados y abiertos a la gloria del mundo y a la belleza de las cosas, que es alimento natural del hombre y suprema flor de la realidad.
El creyente se sabe agraciado con la luz de la fe. Ella no es una conquista suya sino un don de Dios al que ya no puede renunciar porque equivaldría a renunciar a la luz con la que ve un mundo nuevo. Agraciado y humillado por la propia fe, de la que debe gozarse pero nunca vanagloriarse, se asombra cada día de sí mismo, de que al despertar siga existiendo y creyendo. Tanto la vida como la fe son una diaria sorpresa, que el bien nacido agradece a Dios y comunica a los demás. Lo que le causa asombro al creyente no es la increencia del prójimo sino su propia fe, porque sabe que es puro don de Dios. Nada más contradictorio con ella que despreciar o acusar a quien no la tiene: esto revelaría que quien lo hace no sabe lo que es el admirable don de creer; que ha confundido lo que es gracia con lo que es un vulgar producto que se compra, una idea que se fabrica o una mera herencia que se recibe.
Cuando las cosas sagradas de la vida humana son tratadas mal y maltratadas, terminan volviéndose contra el hombre y degradándole. La trivialización maligna conduce al olvido de lo esencial, a la pérdida del respeto a lo sagrado, al encubrimiento de los límites de la vida humana, a la anulación de la diferencia entre el bien y el mal. ¡Mortal es ya el hecho histórico de que creyentes e increyentes se lancen la palabra «Dios» a la cara cuando tenía que ser pronunciada por los creyentes con veneración y asombro, mientras que los no creyentes deberían respetarla por ser sagrada a sus semejantes! Cuando esa realidad que debería aparecer como alma vivificadora para todos, se convierte en arma de acoso, entonces algo esencial se ha pervertido en la convivencia. ¡Y todos los que colaboremos a esa pugna seremos culpables de lesa divinidad y de lesa humanidad!
Kierkegaard decía que al hombre que encuentra a Dios en su vida, le ocurre como al beduino en el desierto que, cavando dentro de su tienda, descubre una fuente. De ella recoge el agua y se la ofrece a su prójimo para saciar la sed: nunca se la arroja contra el rostro. Cada hombre tiene que cavar en la tienda de su propia interioridad para allí encontrar a Dios. El creyente le ofrecerá a su prójimo como agua viva. El no creyente no debe equivocarse: la realidad de Dios es una gracia posible también para él y no depende de cómo sean los propios creyentes. Cada uno somos un absoluto ante Dios y ante Él tenemos que responder con el nombre con el que previamente Él nos llama a cada uno. Dios es el primer bien común de la humanidad. Porque Él es uno creándonos, somos nosotros unos como hombres. Su paternidad creadora es el fundamento de nuestra fraternidad indestructible.
A la luz de lo anterior el lector se preguntará: ¿son los autobuses públicos lugar apto para el uso acusativo o defensivo del santo nombre de Dios? (No pregunto si es legítimo en pura lógica de mercado sino si es fermento de concordia o de discordia en una democracia humana). No parece. Las empresas públicas, ¿pueden prestarse a tales usos ideológicos, que siempre terminan ofendiendo a unos o a otros? No parece. Esta campaña nació en Inglaterra como reacción contra una presentación que hace a Dios fuente de miedo y amenaza al hombre con la condenación eterna. Y tenía razón en rebelarse contra ella y contra tal uso fatídico e inhumano de Dios, porque Él es la fuente primera de la vida y la raíz última de la felicidad. Dios es gratuito como lo son el amor y la luz, la belleza y las flores.
No puede ser utilizado como palanca que sirva de acelerador ni de freno para fines materiales de este mundo. Él es de otro orden: la luz que nos alumbra para que existamos en libertad; la lumbre que alumbra para que en gozosa responsabilidad crezcamos. No se puede hablar de Dios en vano, en falso, en profano. El creyente no hablará así nunca de Él.



PROPUESTA DE LA COORDINADORA DE CATEQUESIS A LAS PARROQUIAS DEL ARCIPRESTAZGO DE HELLÍN.


JUSTIFICACIÓN:
Partimos de la necesidad sentida comúnmente de implicar más a los padres en el proceso catequético de sus hijos. Desde ahí, uno de los objetivos de nuestro plan arciprestal de pastoral es ir dando pasos hacia un nuevo modelo catequético donde el protagonismo principal sea de los padres.

  • Nuestro actual modelo implica muy poco a los padres en la transmisión de la fe a sus hijos, por lo que nos parece que muchos de nuestros esfuerzos chocan contra esa barrera.
  • Además, la implicación de los padres supone trabajar con ellos como adultos en una línea de iniciación cristiana.
Aunque nuestro objetivo último es un cambio de modelo catequético, sabemos que esto no se hace de la noche a la mañana. Antes bien requiere un proceso gradual, asumido por todos y revisado cuidadosamente para no dar pasos en falso. Lo que aquí proponemos sería un primer paso, pero no perdemos de vista que nuestra intención es más ambiciosa: es un cambio de modelo. La misma práctica nos irá diciendo cómo dar los siguientes.

NUESTRA PROPUESTA: UNA CATEQUESIS FAMILIAR AL MES.
Presentamos aquí nuestra propuesta de un modo general, siendo conscientes de que cada parroquia tiene particularidades que tendrán que ser concretados por los equipos parroquiales de catequesis.
Nuestra propuesta consiste en que una vez al mes los padres en casa le darán a su hijo un tema de catequesis.
  • Como puede verse, partimos del modelo que actualmente tenemos en las parroquias: catequesis en grupos de niños desarrolladas por un/a catequista. Pero uno de cada cuatro temas del curso lo recibirá el niño en casa de sus padres.
  • La aportación puntual de los padres se inserta en el mismo temario de los niños.
  • Eso sí: ejercida en casa y de un modo especial (tendría que ser algo distinto al planteamiento que para ese tema tenga la guía), por lo que habría que elaborar unas ayudas específicas para este acto catequético en casa.
  • Se plantea como algo obligatorio para todos los padres. Para ellos, tendrían una sesión preparatoria de la catequesis que van a dar a su hijos.
  • Es el/la misma catequista de un grupo de niños el/la que se encarga de preparar a los padres de los niños de su grupo.
  • Por supuesto, se buscarían horarios adecuados para esa sesión mensual de preparación.
  • Las sesiones de catequesis familiar serían revisadas por la misma catequista de alguna manera.
  • Las catequistas que preparen a los padres deben tener ellas una preparación específica.
  • Empezaríamos a aplicar este sistema en uno solo de los cursos de Primera Comunión.

PUESTA EN MARCHA
Desde la coordinadora vemos que tenemos que dar los siguientes pasos y en este orden.
  • Reflexión sobre este borrador por parte de la coordinadora y del equipo de curas del arciprestazgo.
  • Tras las sugerencias a este borrador, presentar la propuesta a las distintas parroquias.
  • Asumir arciprestalmente el proyecto, lo cual significa que se tiene como proyecto común del arciprestazgo, con las variantes que cada Parroquia necesite introducir. En este sentido, creemos que en Hellín debe ser asumido por las tres parroquias conjuntamente.
  • Una vez asumido el proyecto, la coordinadora seleccionará los temas que se darán en catequesis familiar y elaborará el material necesario para eso, que básicamente es:
  • .....................Material para ayudar a las catequistas que preparan a los padres.
  • .....................Material de apoyo para el tema que dan los padres a los hijos.
  • .....................Cauces de revisión del trabajo de los niños con sus padres.
  • Presentación de la propuesta a los padres y puesta en marcha en las parroquias.

Los pasos 1, 2 y 3 habría que darlos antes de Semana Santa de este curso. A final de curso y verano tendríamos que dar el paso 4 y el paso 5 sería, obviamente, al principio del curso que viene.
A mediados del curso que viene, haremos una primera valoración de la experiencia de cara a los siguientes pasos que deberíamos dar para avanzar hacia el nuevo modelo.